Samanta Schweblin y su pacto con el lector

  Cuando publiqué el artículo El núcleo del disturbio, de Samanta Schweblin, prometí compartir una de las entrevistas de esta joven escritora. Para cancelar la deuda, a continuación les dejo algunos fragmentos. 
  Recomiendo leer con especial atención lo que Schweblin dice acerca de la economía del lenguaje y el "pacto con el lector".
Por Iris Silva
  Aunque la pregunta suene necia, ¿crees que es posible elaborar un marco teórico de tu literatura?
  Yo me dedico a escribir ficción, sería imposible darle un marco teórico a mi propia literatura. Sin embargo, en cuanto a qué es importante para mí, es importante la tensión en un cuento, hay determinadas cosas que cuido mucho, una de ellas, por ejemplo: trabajar con imágenes. Hay muchas otras cosas que tengo en cuenta, pero el tema de las imágenes es vital para lo que escribo.
[…]

  ¿Te gusta la literatura latinoamericana? ¿Crees que aún existen coincidencias evidentes?
  Hoy las literaturas son íntimas, ni siquiera locales, cada uno tiene su mundo, y suerte que sea así. Sin embargo, hay algo muy importante que nos diferencia de las generaciones anteriores, que tiene que ver con los medios y el nivel de acceso que tenemos a nuestras propias literaturas en la actualidad. La generación del boom, pienso en la gente que es muy conocida hoy, cuando empezaron a escribir eran sólo conocidos en su país. Alguien conocido en Argentina, por ejemplo, luego de cinco años pasaba a España, y si todo iba a bien España traía los libros a Latinoamérica y entonces, después de diez o quince años, un escritor argentino era conocido en Uruguay, que queda a hora y media de Buenos Aires… Personalmente soy fanática de la literatura norteamericana, amo la literatura norteamericana, y ese es todo un dilema para mí porque me gusta mucho el mundo latinoamericano y si tengo que elegir un mundo elijo el latinoamericano. Sin embargo a la hora de prestar especial atención a cómo se escribe una historia, a cómo se cuenta una historia, a la eficacia en el lenguaje; me fijo en el lenguaje de los norteamericanos.
  Aunque a veces sus mundos me parecen aburridos o esté cansada de leer sobre borrachos divorciados y hombres que dejan a sus mujeres, los norteamericanos tienen una eficacia con el lenguaje que me fascina.
  Creo que ellos tienen una especie de pacto con el lector que para mí es una clave para escribir bien. Algo como: “estimado lector, no vamos a hacerle perder el tiempo”. Eso es para mí lo principal. Parece una estupidez, pero si respetas el tiempo del lector ya tienes la mitad del camino hecho.

  ¿Qué significa respetar el tiempo del lector?
  Que si yo pierdo el tiempo en decirte que la servilleta que estaba sobre la mesa era blanca es porque resulta fundamental que sepas eso. Pero sobre todo te lo voy a decir una sola vez, y no treinta. Y también aquello de que es “muy blanco”, el blanco no puede ser “muy blanco”, esa es una estupidez, es un error del lenguaje.
  Cuando lees a autores que no entran en ese pacto te relajas, sabes que a la página treinta van a volver a decirte que la servilleta era blanca. En cambio si entras a ese pacto empiezas a leer con una tensión impresionante, las palabras se revalorizan, blanco es blanco, el “muy” te sobra, y tienes tal concentración en el texto que a ti mismo como lector te empiezan a sobrar palabras.

  ¿Cómo manejas la tensión en tus historias?
 Es importante la tensión y la velocidad en el texto. Mi generación cree que la palabra “velocidad” es una palabra negativa. Yo estoy totalmente en desacuerdo, creo que la velocidad es contar un hecho de la mejor forma posible en el menor tiempo, y eso aporta eficacia, impacto. En ese sentido creo que las cosas dentro del cuento que son prescindibles deben volar. Lo anecdótico, y eso es lo maravilloso de la literatura, si no lo nombro o no lo cuento, está igual en la cabeza del lector.
  Clarice Lispector habla siempre de pescar con la no palabra, eso quiere decir que la pesca, el gancho, lo que se te clava en la boca y te saca sangre en realidad nunca está dicho, esa palabra que muerdes nunca se nombra, está en los subterfugios de esas oraciones, y eso es maravilloso, esa es justamente la gracia de la literatura.

2 comentarios:

  1. Otra lección aprendida.
    Un placer venir a verte, Daniel.

    Un abrazo.

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  2. Un placer contar siempre con tus vistitas, querida MJ.
    Un abrazo.

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