Primer mandamiento: ¡No aburrirás al lector!

Francisco Garzón Céspedes entrevista a Fernando Sorrentino. Extractos.

    Francisco Garzón Céspedes: ¿Cuál es su personal definición de la narrativa como arte, como literatura? Su definición en general y/o en específico del cuento y/o de la novela. [...]
    Fernando Sorrentino: Soy una persona muy poco teorizante y casi diría que me creo incapaz de pensamiento abstracto, por lo cual –lo confieso sin rubor– sería para mí muy arduo comprender ciertos libros de filosofía. Sin embargo, de una u otra manera, siempre estoy pensando en literatura, digamos desde la minucia de "corregir", dentro de mi cabeza, un anuncio publicitario mal redactado que leo en el vagón del subte de Buenos Aires, hasta hallarme por completo convencido de que las últimas páginas de la maravillosa América del no menos maravilloso Kafka responden a una redacción precaria y esquemática, y seguramente provisional, y que, por eso mismo, se hallan cualitativamente muy por debajo de las que las anteceden. 
    Con esto quiero decir que –a manera de reflejo condicionado– mi cerebro siempre se halla merodeando en torno de cuestiones prácticas y puntuales de los diversos textos literarios que he visitado a lo largo de mi vida. Y entonces podría repetir la misma definición de narrativa que se me ocurrió darles a mis alumnos de enseñanza media. Les dije algo así como que "La narrativa es el arte de inventar mentiras verosímiles". Entiendo que tal definición carezca posiblemente de rigor epistemológico, pero es la conclusión a la que me han hecho arribar tantos años de leer y de escribir narraciones. Cuando leo, yo necesito "creer" en la historia que estoy leyendo; si no logro creer en los embustes que me propone el autor, entonces el libro se me cae de las manos, lo abandono y decreto mentalmente su inexistencia dentro de mi particular Mundo de Cosas Queridas y Agradables.
    Al internarme en una novela o un cuento, yo tengo la aspiración, acaso pueril, de que el autor me cuente una historia interesante, una historia que me estimule a seguir adelante y a preguntarme "¿Qué pasará ahora?". Por tal razón aborrezco los relatos con "conversaciones profundas", con "efusiones sentimentales y/o humanitarias", con "preocupaciones socio-político-económicas", con "excursos espirituales", con "experimentos verbales", con juegos de palabras estúpidos…, y demás caterva presuntuosa y soporífera.
    Esto que digo vale igualmente para la novela y para el cuento, y mi actitud es la misma: así como he leído con fruición 750 páginas de bastantes novelas de, digamos, Charles Dickens, no he podido soportar diez o doce páginas de ninguno de los, digamos, enclenques cuentos que cierto novelista argentino destinó para no sé qué inglesa presa de la desesperación.
   Y como –llevado por las circunstancias– he escrito también algunas narraciones para niños, en ellas he apelado a una sintaxis y a un vocabulario más sencillo, y, sobre todo, he procurado cumplir escrupulosamente con el primero de los Mandamientos de mi Ley de Dios Narrativa: ¡No aburrirás al lector!

    [...]
   Si tuviera que indicar siete puntos indispensables a los que debe responder como arte literario una obra narrativa, ¿cuáles señalaría? [...]
    Lo cierto es que, por lo mismo que explicité en la respuesta a la primera pregunta, no podría teorizar ni sistematizar ni siete, ni seis, ni ningún número de puntos indispensables.
    Sin embargo, el trabajo y la experiencia me han convencido de algunos ardides útiles…
    Creo que no hay nada más importante que la verosimilitud. Esta es la base de todo el edificio; si es endeble, la narración se viene abajo, se destruye a sí misma, es ilegible y no sirve para nada. Por eso pienso que Kafka es poco menos que un mago: nos relata las situaciones más extrañas e insólitas del mundo y, sin embargo, nosotros creemos plenamente en la existencia de lo que nos está narrando.
  Otro factor relevante es que las palabras narren hechos y no sean simplemente palabras impresas en el papel. No: las palabras (que, en definitiva, son abstracciones) deben traer a la mente del lector hechos concretos, vivencias, elementos que el lector pueda ver, oír, percibir por medio de sus sentidos. Ejemplo ilustre: yo nunca estuve en Inglaterra hacia 1848 y, sin embargo, al leer he visto, y con lujo de detalles, la lúgubre Salem House adonde fue enviado el pequeño David Copperfield por su abominable padrastro.
    También soy enemigo de las imprecisiones léxicas y de las ambigüedades sintácticas. En caso necesario, las ambigüedades de contenido son muy eficaces para causar inquietud o zozobra en el lector. Pero las ambigüedades de "mente caótica" son perjudiciales al máximo: por ejemplo, escribir "–Buen día –dijo", y no especificar quién fue el caballero o la dama que, en efecto, dijo "Buen día" no es recurso retórico sino una forma de la torpeza narrativa. A mí, en cuanto lector, me irrita verme obligado a gastar unos segundos de mi vida en averiguar algo que el autor tendría que haberme otorgado.
    Por el mismo camino, recomiendo dar preferencia siempre a lo concreto sobre lo abstracto. Preferir sustantivos en lugar de pronombres o de proadverbios, y dar prioridad a lo específico sobre lo genérico: en lugar de, por poner un ejemplo tosco (desde luego, hay que considerar cada contexto en particular), "Ella dejó anteayer sus cosas allá", yo escribiría "Laura dejó el jueves su equipaje en el hotel".
    También soy enemigo del palabrerío y de la adjetivación ociosa; por ejemplo, si alguien dice "Fulano se asomó al viejo balcón", lo más probable es que el adjetivo "viejo" sea innecesario y, por ende, ineficaz.
    Conviene que los apellidos no hispánicos sean gratos al oído y fáciles de pronunciar en español: por ejemplo, Bernasconi "suena" muy bien en nuestra lengua, pero –digamos– Appiciafuoco o Stracqualurci tienen algo de incómodo y de cómico. Lo mismo ocurre con otras lenguas: ¿por qué, en francés, poner al complejo Rochefoucauld si puedo apelar al sencillo Lambert? Lo mismo pasaría en inglés (preferiría Norton y no Hoddle), en alemán (Adler y no Burkhartsmeyer), y así en los demás casos.
    Otra de las armas del estropicio son las metáforas estúpidas. Hay quien, en lugar de escribir algo así como el recto "En el bosque empezaba a atardecer", prefiere el demencial e inmanejable "Las sombras venían a reunirse en el cobijo de los árboles", o algún disparate similar.
    En fin, no quiero dar cátedra ni convertir este punto en una suerte de ars poetica. Pero creo que, nacido en un país de hábiles futbolistas, he aprendido a gambetear literariamente a ciertos adversarios de la razonable narrativa.

    ¿Cómo describiría los pasos más presentes en su proceso creador de una obra narrativa? ¿Serían diferentes para un cuento que para una novela? ¿Método de creación?
         No por haberlo razonado teóricamente sino por necesidad empírica, y por exigencias de la misma narración, procedo siempre de la misma manera.
  La idea (abstracta) en mi cabeza es insuficiente: necesito tenerla materializada en palabras sobre un papel (o, ahora, sobre la pantalla de la computadora). Entonces escribo el relato a toda velocidad, sin prestar mayor atención a los detalles, ni a los lugares, ni a los nombres propios (que pueden ir cambiando a medida que escribo: tal vez la Susana de la página 1 se convierta en la Isabel de la página 7…): así consigo un corpus (aún caótico) de los hechos necesarios.
    Luego, sin leerla, dejo "descansar" esta primera redacción cinco o seis días, para olvidarla un poco y poder más tarde leerla, en cierto medida, como si yo no fuera el autor. Esto me confiere distancia y objetividad para advertir mejor los innumerables errores que se habrán introducido en la versión primigenia (o borrador monstruoso).
Entonces comienzo el "trabajo fino" de ajustar todas las piezas con las tuercas, los tornillos, las densidades, los colores, los volúmenes, los pormenores que voy descubriendo como los más eficaces para el resultado final.
    Una vez más, dejo "descansar" unos días esta segunda versión (mucho más aseada que la anterior) y repito el procedimiento cuantas veces me parezca necesario. De manera que el "producto final" que recibe el lector en el libro impreso suele ser la sexta o séptima redacción del texto primitivo.
    Puedo agregar, dicho sea de paso, que la primera redacción me resulta un trabajo muy desagradable, algo muy parecido a avanzar con los ojos vendados entre obstáculos desconocidos. Pero cada nueva reescritura se convierte en una labor más y más placentera.
    Esto vale tanto para la novela y para el cuento, si obviamos el hecho de que, en general, yo no sé escribir novelas. Las ideas que acuden a mi mente pueden desarrollarse, como máximo, y rara vez, en cincuenta páginas. De cualquier modo, una fuerza "natural" me conduce a escribir cuentos no demasiado extensos…
  Y, por último, también yo soy víctima de la tiranía del texto. Indefectiblemente, llega un momento en que la criatura que yo engendré, y sobre la cual creí tener dominio total, me exige escribir cosas que no estaban en mis planes. Así, a un hombre que yo habría querido que utilizara anteojos de armazón metálica el texto lo obliga a utilizar ahora anteojos de carey, y tal vez este cambio lo obligue también a cambiar de contextura física, o de color de cabello, etc.
    En fin, nunca el resultado final se parece demasiado al que yo imaginé al redactar la primera oración.

   […] ¿Cree que su obra se enmarca en un estilo o en varios estilos determinados?
    […] En cuanto a mi estilo, siempre he procurado que sea lo más razonable, transparente y preciso posible. No me parece lícito sembrar de obstáculos el camino del lector, ni tampoco –como hacen ciertos narradores– delegar en los inocentes lectores el desciframiento de sus ideas confusas o de sus tropiezos semánticos (presentados como "nuevas formas de expresión").

      [...]
   Si tuviera que formular un reclamo para argumentar la necesidad de la narrativa en la vida humana, de la literatura que asume como género el cuento o la novela, ¿qué sería lo esencial que expresaría?
    No hay nada que argumentar en favor de tal necesidad. Los hechos empíricos están certificando, y con creces, esa necesidad. No diré nada nuevo si afirmo que, como todos vemos, al ser humano le complace que le cuenten historias. Y, sobre todo, que esas historias sean gratuitas, sean porque sí, para pasar el tiempo, para divertirse, para gozar de los laberintos de la imaginación, del placer de la fabulación y del embuste.
    En tal sentido, soy el primero en adscribirme a esta inconsciencia y a esta frivolidad.

Fuente: CONTEMPORÁNEOS DEL MUNDO
OTRA DIMENSIÓN DE LA COLECCIÓN GAVIOTAS DE AZOGUE
CÁTEDRA ITINERANTE DE NARRACIÓN ORAL ESCÉNICA
COMUNICACIÓN, ORALIDAD Y ARTES
Número 15 / Periodismo Literario / Testimonio / Madrid / México D. D. / 2011
Autor de la entrevista: Francisco Garzón Céspedes
Entrevistado: Fernando Sorrentino


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10 comentarios:

  1. Me gustó mucho lo que dice este tipo. Pero en algunos puntos me sentí tocado, ¡ja ja! Por ej: yo soy un fanático de los juegos de palabras ¡ja ja!

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  2. Ojo: Sorrentino no tiene nada (o no lo ha expresado aquí) en contra de los "juegos de palabras". Él habla de "palabrerío", que es diferente. Un ejemplo de palabrerío: "Era la hora en que el sol recién empieza su diario camino hacia el otro extremo del horizonte". Todo ese "palabrerío" bien podría reemplazarse por "Amanecía".
    Así que, a no preocuparse, que los juegos de palabras (usados adecuadamente) pueden ser un recurso muy válido.
    Un abrazo, y muchas gracias por pasar y comentar.

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  3. Muy interesante. Estoy totalmente de acuerdo en todo cuanto dice Sorretino y sobre todo en dos puntos:
    - No aburrir al lector.
    - Que la historia inventada sea creíble.
    Gracias de nuevo, Daniel.

    Un abrazo.

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  4. Cierto, María José, son dos puntos a tener muy en cuenta si no queremos espantar a nuestro lectores.
    Muchas gracias por la visita.
    Un abrazo.

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  5. Me quedo con la reflexión acerca de el disfrute que provoca en el hombre que le cuenten historias.

    Las historias muchas veces son portales. Y en épocas de rutina y estrés es hermoso huir a esos espacios.

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  6. Claros conceptos los de Sorrentino. Comparto.
    Muy bueno el blog.
    Saludos!

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  7. ¡Bienvenida, Mónica!
    Gracias por pasar y comentar.
    Un beso.

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  8. Hola Daniel... como siempre muy buenos post... éste en especial me gustó mucho, me hizo pensar en cosas ya oídas y realmente estoy totalmente de acuerdo en lo que dice este autor...en especial.........."no aburrir al lector" y "la credibilidad de lo que se cuents". Te dejo un abrazo. Graciela boticaria.

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  9. Muchas gracias, Graciela. Me alegra que te gustara esta publicación. ;)
    Un besote

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