Alejo Carpentier nos advierte sobre el adjetivo

    Un día como hoy nacieron Henry Miller (1891) y el cubano Alejo Carpentier (1904). De este autor quiero compartir un fragmento del ensayo "El adjetivo y sus arrugas". Te recomiendo tenerlo siempre muy en cuenta a la hora de corregir tus textos.

De Alejo Carpentier

    Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", "Tanto va el cántaro a la fuente...", "El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.
    El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación –sincera o fingida– tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.
    Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.
    Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.
Fuente: Ciudad Seva
Biografía de Alejo Carpentier

Más teoría: 

14 comentarios:

  1. ¡Cuánta sabiduría en tan corto texto! Gracias por el recordatorio.

    ResponderEliminar
  2. Sí, Francisco, me parece un muy buen análisis. Muchos reniegan del adjetivo, pero sin saber muy bien por qué, simplemente repiten lo que dicen otros. Aquí Carpentier da una buena razón para desconfiar... o manipularlos con cuidado.
    Gracias por regresar.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. En una primera lectura, parecería que el autor tiene toda la razón...

    Pero, explorando los textos de varios grandes encuentro que cada palabra, sin tener en cuenta su función gramatical, es insustituíble: sea adjetivo o sustantivo o incluso verbo, hacen al espíritu del texto.

    ResponderEliminar
  4. Bueno, Ceci Corazón de Nube Tempestuosa, pero lo que vos decís y lo dicho por Carpentier no se contradice, se complementa. Todos los "espíritus" (como vos le llamás) son formados por palabras (no solo adjetivos); pero de los viejos espíritus, hoy hay algunos más "ilegibles" que otros. Coincide (aunque no es casualidad) que los textos más "legibles" son los más despojados de adjetivos, sobre todo de adjetivos rimbombantes. La Biblia es el mejor ejemplo.
    ¡Salute, y feliz 2012!

    ResponderEliminar
  5. Confieso que peco de excesiva adjetivación en mis textos. Me gustan los adjetivos, pero reconozco que lo que dice Carpentier es cierto. Así que procuraré tenerlo en cuenta a partir de ahora.
    Siempre que vengo a visitarte me llevo una lección aprendida.
    Gracias, Daniel.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. Pero adjetivarás de manera apropiada, María José. Yo no he notado tal exceso.
    Muchas gracias por tus palabras.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  7. Gracias por compartilo, me ha gustado mucho.
    Un abrazo navideño.

    ResponderEliminar
  8. ¡Hola, Beatriz! Un gusto verte por acá.
    ¡Felicidades!

    ResponderEliminar
  9. Muchas gracias, "Boti" querida.
    ¡Felicidades!

    ResponderEliminar
  10. Impresionante artículo, Daniel. De un impresionante escritor. No coincido para nada con lo que dice Ceci Vietri. El exceso de adjetivación recarga los textos. Qué sería, por ejemplo, de la contundencia de Rulfo, si llenara sus paisajes de adjetivos que, en la mayoría de los casos, no aportan nada. Cuando empezamos, todos tendemos a sobreadjetivar, pero con el tiempo nos damos cuenta de que ganamos en contundencia y en expresividad si aprendemos a manejarlos con cautela. (Podría decir con extrema cautela, pero ¿para qué?)

    ResponderEliminar
  11. ¡Hola, Jorgelina!
    Estamos de acuerdo en que el adjetivo puede perjudicar, pero sólo cuando está mal usado o usado innecesariamente. Hay que decir que Borges adjetiva muchísimo, y no le ha ido nada mal. Porque quién no goza al leer expresiones como, por ejemplo, "La selva numerosa" (elijo ésta porque le encanta a un amigo y la cita siempre como ejemplo de un adjetivo bien usado, vivificador del sustantivo). Pero, como vos bien decís, en realidad el que lleva la batuta es siempre el sustantivo. Cuando uno encuentra el sustantivo fuerte, el que expresa del mejor modo lo que se quiere decir, entonces ese sustantivo camina solo, sin muletas. Los adjetivos, como "adornos" que son, vendrían a ser algo semejante a los colores con que el escritor viste al texto. Nuestro trabajo es saber combinarlos, y tener presente que uno acá y otro allá pueden sentar muy bien, pero que muchos pueden darle al texto un tono "colorinche", desagradable. Y siguiendo con esta alegoría, hay escritores a los que les gusta "vestir" con muchos colores, y otros que prefieren la sobriedad. Optar por la sobriedad es como elegir la ropa negra: uno sabe que así quedará presentable.
    Ufff, me fui al diablo con el comentario. Disculpá la cháchara, querida Jor, y mil gracias por pasar y comentar.
    ¡Un besote, y buen 2012!

    ResponderEliminar
  12. Amigo Daniel, me llamo Marcel, soy cubano, asiduo lector de Carpentier, no había sin embargo dado con este texto, llegué a e´l a través de la foto, buscaba una foto diferente (he aquí un calificativo imprescindible) de Carpentier para un trabajo que estoy haciendo, y me sorprendió el rostro de un desconocido que más bien parece gringo (¿sabes lo que decía Carpentier de los gringos? Que, vistiendo fracq, siempre iban a parecer magos) lo que me hizo llegar a tu blog, de lo que me alegro porque estuve explorando y me parece excelente.
    Que tengas mucha suerte y larga vida a tu blog

    ResponderEliminar
  13. ¡Hola, Marcel!
    Me alegra que te gustara el blog, y agradezco tu deseo de larga vida, aunque "Tierra de Trampas" pronto se mudará con todos sus archivos a "Yo escribo... y corrijo", una casa más grande.
    Mil gracias por la visita, amigo cubano, y ¡Feliz Navidad!

    ResponderEliminar